CAPITULO 3:
Bajé las escaleras corriendo, para variar llegaba tarde, como siempre. Mis amigas estaban esperándome donde siempre. Todo parecía irreal. Ellas se rieron porque tropecé con un chico y me caí de culo al suelo. Mientras todo pasaba, yo contemplaba mi propia vida desde fuera. Serian los nervios... El camino hacia el instituto fue extrañamente silencioso, como si cada una estuviese pendiente de lo suyo, sin querer compartirlo. Serian los nervios… Llegamos a la puerta, cada vez estaba mas cerca el momento. Me quede sola mientras ellas se habrían paso entre la multitud que rodeaba algo que debía ser importante.
- ¡Katia! ¡Mira corre ven a ver la lista!
- Pero me da miedo…
- ¡Mira corre ven!
Me acerque a las listas con pavor, la primera prueba: Estar sola en clase. Busque mi nombre en la primera lista, no estaba, triste busque en la segunda… ¡Hay estaba!, al final como siempre, después volví a repasar la lista y lo ví. El nombre de Jenny, me había tocado con ella. Susan y Anna estaban en la primera lista. Contenta por no estar sola deslicé el dedo leyendo los nombres, de momento desconocidos, de mis nuevos compañeros. Algo llamó mi atención, el nombre que estaba encima del mío, era Alan. ¿Seria el? No podía ser… Entonces sentí esa sensación, única como una suave brisa marina en verano. Sentí sus manos, cerca de mi cara, desee que me abrazara. Pero en vez de eso me miro sonriente a los ojos, deje que la miel me derritiera.
- ¿Estas en mi clase? Soy Alan, encantado.
- Yo Katia.
- *Lo estas haciendo muy bien amor, pero no me mires así, o no podré contenerme*
- *Perdona Alan, pero esto es difícil…*
- *Lo se, tranquila, después de la presentación nos veremos en nuestro lugar secreto*
- *¿Has usado magia para estar en mi clase verdad?*
- *Con tal de estar contigo, lo que sea*
- *Te amo…*
- *Debes irte, tus amigas se impacientan, ya no parece que mires la lista, llevas demasiado rato*
- *Pero…*
- *Nos vemos luego princesa*
Volví con mis amigas, se rieron de mi por estar tanto tiempo delante de un papel, allí estaba, después de que hace solo 15 días me dijeran que tenía un enfrentamiento mortal pendiente, después de haberme enamorado en menos de un minuto y con un gran secreto y misterios que descubrir. Pero totalmente feliz.
Entre en aquella clase, y me senté con Jenny en la segunda fila. Estaba muy nerviosa, pero a la vez muy contenta porque le veía perfectamente desde mi sitio.
- Katia mira ese debe ser nuestro tutor.
- Parece majo… ¿Qué crees que da?
- Shh… Va a hablar…
- Buenos días chicos. Soy Ángel, os voy a dar historia. Estoy encantado con esta clase, he mirado vuestros expedientes y parecen interesantes. Según los comentarios que figuran en el, he elaborado la colocación de clase.
Fue nombrando por orden de lista y sentando uno por uno. Mi nombre es el último de todas las listas desde que tengo memoria y Alan ya estaba sentado.
- Katia, tu te sientas en la ultima fila con Alan.
- ¿De verdad?
- No te voy a mentir. Jamás entenderé porque los adolescentes haceis preguntas tan ridículas a veces…
- Disculpe, ya me siento.
Muerta de vergüenza, me acerqué poco a poco a la mesa, la clase se me hizo inmensa. Sus ojos no se apartaban de los míos, me llamaba, le necesitaba. Me falto muy poco para lanzarme a sus brazos, pero en lugar de eso me senté con dificultad en la silla de al lado suya. Nunca me había imaginado que adoraría tanto un sitio en una clase.
- *No me lo puedo creer, nos sentamos juntos*
- *Lo se*
- *¿Es cosa tuya?*
- *Un poco, tenerte en clase y no poder estar contigo… Así al menos te tengo cerca.*
- *Te amo*
- *Te amo*
El tiempo de la presentación paso enseguida, aquel profesor me transmitió mucha seguridad, aunque lo que mejor me sentaba era sentirle tan cerca. Notaba la conexión mágica entre ambos, una extraña energía fluía, me envolvía, me hacia feliz. En un instante, note algo aterrador. Sentí una mirada asesina que me clavaba una sensación extraña que se me hundía cada vez más y más. Ceso. Mire asustada a Alan, el me miro con sus ojos miel como nunca los había visto, preocupados, asustados, deseosos de huir de allí.
-*Nos a encontrado, es bueno, no noto su presencia, pero su odio prácticamente se puede tocar.*
- *No puede ser Alan, ¿que hemos hecho mal? Tengo miedo.*
-* Tranquila yo te protegeré, además, no le conviene atacarnos todavía. Solo quiere asustarnos. Mantén la calma. Confía en mi.*
Era fácil decirlo, todas las sensaciones que me embargaban eran agobiantes, sabía que no podía hacer nada. El miedo inundo mi alma. Jamás podría luchar contra aquel ser, era maligno, lo había notado enseguida. Pero estaba allí, con él, no tenia nada que temer. Podíamos luchar contra todo juntos. Pero por más que me lo repetía, Alan había dudado, lo había visto en sus ojos, y eso me aterraba.
La hora terminó, le dije a Jenny que fuera con las demás. Era mejor que no supieran nada. La mentí, la dije que me quedaba a esperar a mi madre para irnos a comprar. Me creyó, me dio dos besos y se fue. Me sentí fatal por mentirla, pero no había vuelta a tras.
Los pasillos del instituto eran largos, inmensos, con losas blancas y suelos impolutos, daba miedo. Cerré los ojos. Algo comenzó a brotar de mi interior, una energía me envolvió. Mis pasos eran casi sueños, pero estaban muy seguros de su dirección. Ande por aquel desierto blanco y frío sin pensar. Cuando la energía se hizo más intensa abrí los ojos. Ahí estaba. El aula que Alan había encontrado para los dos. Saqué un colgante que llevaba puesto y con él, la llave. Entró sin problemas, respire más tranquila.
Ahí estaba, sin decir nada me acerqué a él, nos fundimos en un abrazo. El cojió suavemente mi barbilla y me acercó lentamente a sus labios. Abrí los ojos para sentirlo más real, solo un instante antes de volverme a dejar envolver por su magia. Entonces lo vi. Unos ojos negros, color azabache pero con toques verdes, como reflejos de un árbol en un río. Daban miedo pero a la vez me resultaban misteriosamente atrayentes. Intenté soltarme, por más que forcejeaba mas me atraía ese extraño a sus brazos. No podía ser cierto, si el no era Alan ¿por que estaba su magia? Entonces le ví, atado con una especie de sombra negra, Alan se retorcía en un rincón. Si estaba ahí, ¿Por qué no uso el alma para avisarme? No podía entender nada. Entonces lo vi.
Volví en sueños a un mundo que conocía, a pesar de no haber estado nunca. Me ví al lado de Alan, el tenia un libro muy antiguo entre manos. Era como ver una película en el cine, pero muy real. Tenía ropa parecida a las películas del siglo XIX. Mi pelo caía suavemente sobre mis hombros y rozaba mi cintura, adornado con bellísimas perlas de finísimo cristal. Parecía una princesa. Me acorde de que no sabia por que estaba allí. Entonces oí a Alan, me hablaba.
- Este es el hechizo de contención de la luz. Nuestros enemigos lo usan para contener nuestros poderes. Es muy peligroso puesto que solo se puede derrotar estando juntos.
- ¿Cómo podemos contrarrestarlo Alan?
- Katia, debes concentrar todo tu poder en un punto de la sombra. No puedes parar de hacerlo, cuando la sombra no pueda soportar mas poder se dispersara.
- Entiendo, aun así, nunca nos hará daño con esto, nunca estaremos separados.
- Lo se pero, si alguna vez pasa, prefiero que te salves tú y me dejes morir.
- Jamás.
- No me puedes prometer algo que no puedes controlar.
Desperté como de una pesadilla, en el mundo real no había pasado el tiempo, aquel monstruo seguía sosteniéndome y Alan seguía preso. Pero la gran diferencia es que yo sabia que hacer.
Cerré los ojos, trate de recordar las palabras de Alan, no sabia si eran reales pero eran mi única esperanza. Concentre todo mi poder en los ojos. La energía fluía por mi cuerpo, salía de los rincones mas ocultos de mi ser y se hacia más y más fuerte. Entonces lo hice, abrí los ojos. Fue un estallido de luz. Aquel extraño me soltó bruscamente y se desvaneció en una densa nube de luz negra. Alan se levantó rápidamente para cogerme segundos antes de que mis fuerzas fallaran y me desmoronase hacia el suelo.
- ¿Cómo has sabido hacer eso?
- Creo que he ido al pasado, no se, era todo muy extraño. Tu, yo, el mundo, pero asombrosamente hermoso. En el nos he visto a los dos hablando. Tu me explicabas lo que era y como contrarrestarlo. Además me decías cosas extrañas, parecías triste…
- Entiendo…
Sentí una sensación familiar, me envolvía, calmaba mis sentidos, borraba mi memoria.
- ¿Qué haces?
- Protegerte…
Mi mente se abandonó al olvido lo justo para que aquel duro episodio fuese sustituito por un beso y un helado como una pareja normal.
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